Si hacemos un poco de memoria recordaríamos que hace siete años algunos medios informaban que un perro mestizo, callejero, había mordido a un vecino en la localidad de San Carlos Centro, provincia de Santa Fe. Siendo que el lesionado, tal vez ofendido en su orgullo, efectuara la correspondiente denuncia, la causa pasó a instancia judicial y el magistrado interviniente libró la orden de detención del can, acusado por lesiones leves culposas.
En materia penal y procesal no hay en nuestro país legislación que contemple el procesamiento de un animal, toda vez que éstos son considerados “cosas muebles” y, como tales, son objeto de derecho en lo que respecta a “la responsabilidad de sus dueños por las lesiones que causen a terceros”. Cuando la persona es atacada, en cambio, por un perro callejero, es decir sin dueño, simplemente corresponde efectuar la denuncia en el Instituto Pasteur, que en ese caso dará cuenta del can, pero no cabe iniciar ninguna acción civil contra nadie y mucho menos penal contra el perro.
El reo del caso, bautizado “Chiquito” por sus captores, quedó desde el 9 de enero de 2003 a disposición del Juzgado Correccional de la Sexta Nominación de la Ciudad de Santa Fe. El magistrado interviniente, vaya ocurrencia, entendió que debía enviarlo a una comisaría lejana de la casa del denunciante y por eso fue confinado, atado a un palo, con collar y cadena, a un destacamento policial -La Orilla- de la ciudad de Esperanza. Como suele suceder en el ámbito judicial, la causa de “Chiquito” pasó al olvido, en tanto que los funcionarios policiales, tal vez conmovidos por su desolación y luego de intentar en vano que la Sociedad Protectora de Animales se hiciera cargo de su destino, lo trasladaron a la Sección Perros del destacamento de Las Colonias, donde durante todos estos años recibió atención veterinaria y una pensión alimenticia donada por una reconocida marca de alimentos balanceados para caninos.
En estos días se supo que “Chiquito”, el único perro preso en la Argentina, murió el sábado pasado. Alejado de las calles, tal vez recibió un mejor trato que otros tantos de sus congéneres y así llegó al final de sus días naturalmente, aunque preso. Una nota que, por lo insólita, merece una breve consideración acerca de la ineficiencia de nuestro sistema judicial, no precisamente por el “olvido” de la causa sino por la dimensión del hecho, porque más allá de la compasión que uno pueda sentir por el can, que malamente podía invocar su defensa o recusar al juez, cabe preguntar qué cuernos pasó por la cabeza del magistrado que ordenó su detención como si se tratara de una persona.
En el interior del país suelen hacerse públicos casos como éste; la ausencia de un sistema eficiente y la inercia de funcionarios municipales han revelado que, muchas veces, es la misma policía local quien se hace cargo de los animales sueltos, cualquiera sea su especie. De ahí en más la suerte del bruto queda a la buena de Dios o, en el mejor de los casos, ligada a la compasión y simpatía de sus ocasionales carceleros.
Con la muerte de “Chiquito” seguramente se cerrará la causa abierta, y olvidada, por el Juzgado Correccional de la Sexta Nominación de la Ciudad de Santa Fe. Una vergüenza, según se lo mire, teniendo en cuenta que de los mismos funcionarios depende también la suerte de las personas.

